Freud postula que la felicidad plena es imposible en sociedad. La civilización exige al individuo una renuncia pulsional constante, frustrando el deseo de satisfacción inmediata.
El ser humano sufre debido a tres fuentes inevitables: el cuerpo (Tánatos, la pulsión de muerte), la naturaleza y las relaciones con otros.
Para lograr la convivencia, la Cultura (a través de la Ley) nos obliga a reprimir nuestra agresividad (Tánatos). Esta energía reprimida se dirige hacia dentro, creando el Superyó (nuestro juez interno) y provocando el sentimiento de culpa.
El resultado es el malestar cultural: un conflicto irresoluble entre la libertad individual y las exigencias de la comunidad. La Cultura es, en esencia, una neurosis colectiva.
La única vía para la supervivencia social es la sublimación, donde Eros (la pulsión de vida) lucha por transformar nuestros impulsos destructivos en actos constructivos y socialmente aceptables.